"Yo no pretendo enseñarte lo que es el mundo me falta también, pero vale la pena disfrutar cada día con mas Flow. Di lo que sientas, has lo que piensas, da lo que tengas y no te arrepientas. Serás del tamaño de tus pensamientos, no te permitas fracasar y sino llega lo que esperabas no te conformes jamás te detengas... No te límites por lo que digan, sé lo que quieras, pero sé tu mismo, y ante todas las cosas nunca te olvides de Dios".

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lunes, 16 de enero de 2012

PSICOLOGÍA POSITIVA

Si hacemos el ejercicio de preguntar a diferentes personas de todo tipo y condición por el objetivo de la psicología y el papel de aquellos que a ella se dedican, seguramente encontremos una respuesta predominante: tratar y curar los trastornos de la mente. Ciertamente, durante muchos años la psicología se ha centrado exclusivamente en el estudio de la patología y la debilidad del ser humano, llegando a identificar y casi confundir psicología con psicopatología y psicoterapia. Este fenómeno ha dado lugar a un marco teórico de carácter patogénico que ha sesgado ampliamente el estudio de la mente humana. Así, la focalización exclusiva en lo negativo que ha dominado la psicología durante tanto tiempo, ha llevado a asumir un modelo de la existencia humana que ha olvidado e incluso negado las características positivas del ser humano (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000) y que ha contribuido a adoptar una visión pesimista de la naturaleza humana (Gilham y Seligman, 1999). De esta manera, características como la alegría, el optimismo, la creatividad, el humor, la ilusión… han sido ignoradas o explicadas superficialmente. Las limitaciones de esta focalización en lo negativo comienza ha ser puesta en evidencia en los últimos años y en diferentes trastornos. Así por ejemplo, los trastornos depresivos parecen encontrarse deficientemente explicados desde un modelo basado exclusivamente en emociones negativas. La depresión no es sólo presencia de emociones negativas, sino ausencia de emociones positivas, algo fundamental, por ejemplo, a la hora de elaborar tratamientos. En este sentido, las técnicas y terapias elaboradas para luchar contra la depresión se han centrado tradicionalmente en la eliminación de emociones negativas como la apatía, la tristeza, la indefensión, etc. Sin embargo, investigaciones llevadas a cabo en los últimos años han comenzado a desarrollar estrategias de intervención basadas en la estimulación en el sujeto deprimido de emociones positivas como alegría, ilusión, esperanza, etc.Gran parte de la investigación y el esfuerzo teórico realizado por los psicólogos en los últimos años ha estado centrada en buscar la manera de prevenir el desarrollo de trastornos en sujetos potencialmente vulnerables (sujetos de riesgo). Sin embargo, no puede obviarse, que aún hoy, la psicología se ha mostrado incapaz de dar solución a esta cuestión. El modelo patogénico adoptado durante tantos años se ha mostrado incapaz de acercarse a la prevención del trastorno mental. Quizá la clave de este fracaso se encuentre en que la prevención siempre ha sido entendida desde los aspectos negativos y se ha centrado en evitar o eliminar las emociones negativas. De hecho, los mayores progresos en prevención han venido de perspectivas centradas en la construcción sistemática de competencias (Seligman, 2000). En este sentido, se ha demostrado que existen fortalezas humanas que actúan como amortiguadoras contra el trastorno mental y parece existir suficiente evidencia empírica para afirmar que determinadas características positivas y fortalezas humanas, como el optimismo, la esperanza, la perseverancia o el valor, entre otras, actúan como barreras contra dichos trastornos. La perspectiva reduccionista ha convertido a la Psicología en una “ciencia de la victimología” (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). De forma histórica, la psicología ha concebido al ser humano como un sujeto pasivo, que reacciona ante los estímulos del ambiente. El foco de la psicología aplicada se ha centrado en curar el sufrimiento de los individuos y ha habido una explosión en la investigación de los trastornos mentales y los efectos negativos de estímulos estresores. Los profesionales tienen el cometido de tratar los trastornos mentales de los pacientes dentro de un marco patogénico en el que es crucial la reparación del daño. Sin embargo, la psicología no es sólo un brazo de la medicina centrado en la enfermedad- salud mental, es mucho más que eso. En los últimos años se han alzado voces que, retomando las ideas de la psicología humanista acerca de la necesidad del estudio de la “parte positiva” de la existencia humana han aportado un sólido soporte empírico y científico a esta parte descuidada de la psicología. El término “psicología positiva” ha sido desarrollado por Martin Seligman, investigador que, habiendo dedicado gran parte de su carrera al trastorno mental y al desarrollo de conceptos como la indefensión aprendida, ha dado un giro radical en su orientación, elaborando y promoviendo una concepción más positiva de la especie humana. La psicología positiva tiene como objetivo mejorar la calidad de vida y prevenir la aparición de trastornos mentales y patologías. La concepción actual focalizada en lo patológico se centra en corregir defectos y reparar aquello que ya se ha roto. Por el contrario, la psicología positiva insiste en la construcción de competencias y en la prevención. Para Seligman, el concepto de psicología positiva no es nuevo en la psicología, ya que antes de la Segunda Guerra Mundial los objetivos principales de la psicología eran tres: curar los trastornos mentales, hacer las vidas de las personas más productivas y plenas e identificar y desarrollar el talento y la inteligencia de las personas. Sin embargo, tras la guerra, diferentes eventos y circunstancias llevaron a la psicología a olvidar dos de esos objetivos y a centrarse exclusivamente en el trastorno mental y el sufrimiento humano (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000).


De la misma manera, podemos encontrar claras tendencias positivistas en la corriente humanista de la psicología, floreciente en los años 60 y representada por autores tan reconocidos como Carl Rogers, Abraham Maslow o Erich Fromm. Desgraciadamente, la psicología humanista no se ha visto acompañada de una base empírica sólida y ha dado lugar a una inmensa cantidad de movimientos de autoayuda dudosos y poco fiables (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000).  En esta búsqueda de lo mejor del ser humano, de las cosas buenas que hacen que florezca su potencial, la psicología positiva no confía en sueños dorados, utopías, espejismos, fe, ni auto-engaño, sino que adopta el método de la psicología científica, ampliando el campo tradicional de actuación y distanciándose de dudosos métodos de autoayuda o filosofías espirituales que tanto proliferan en nuestros días. En palabras de Martin Seligman, la psicología positiva surge como un intento de superar la resistente barrera del 65% de éxito que todas las psicoterapias han sido incapaces de sobrepasar hasta hoy. Las técnicas que surgen de la investigación en psicología positiva vienen a apoyar y complementar las ya existentes. Gracias a la investigación teórica en torno a este área, el abanico de la intervención se verá ampliamente enriquecido. En este sentido, la relación de variables como el optimismo, el humor o las emociones positivas en los estados físicos de salud se alza como uno de los puntos clave de la investigación en psicología positiva. A lo largo de los próximos años es de esperar una gran cantidad de resultados empíricos que vayan dando forma a una nueva teoría de la psicología. La psicología positiva no es… Un movimiento filosófico ni espiritual, no pretende promover el crecimiento espiritual ni humano a través de métodos dudosamente establecidos.
                                                                                                     
No es un ejercicio de autoayuda ni un método mágico para alcanzar la felicidad. No pretende ser un abrigo bajo el que arropar creencias y dogmas de fe, ni siquiera un camino a seguir por nadie. La psicología positiva no debe ser confundida en ningún caso con una corriente dogmática que pretende atraer adeptos ni seguidores, y en ningún caso debe ser entendida fuera de un riguroso contexto profesional. La psicología positiva es… una rama de la psicología que busca comprender, a través de la investigación científica, los procesos que subyacen a las cualidades y emociones positivas del ser humano, durante tanto tiempo ignoradas por la psicología. El objeto de este interés no es otro que aportar nuevos conocimientos acerca de la psique humana no sólo para ayudar a resolver los problemas de salud mental que adolecen a los individuos, sino también para alcanzar mejor calidad de vida y bienestar, todo ello sin apartarse nunca de la más rigurosa metodología científica propia de toda ciencia de la salud. La psicología positiva representa un nuevo punto de vista desde el que entender la psicología y la salud mental que viene a complementar y apoyar al ya existente.                                                               
                                                                           
RETOS PARA EL FUTURO
La psicología tiene que superar los conceptos centrados en la patología y crear una terminología positiva que complemente las abundantes expresiones negativas tan presentes en la psicología tradicional. Tiene también que crear nuevos instrumentos de evaluación, centrados en identificar las fortalezas del individuo, para así orientar la prevención y los tratamientos y potenciar el desarrollo personal de las personas. Y tiene que diseñar programas de intervención y técnicas dirigidas a desarrollar los valiosos recursos que las personas, los grupos y las comunidades sin duda poseen. El impacto de estos desarrollos no sólo tendrá efectos positivos individuales, también tendrá efectos sociales beneficios en un mundo complejo que constantemente plantea nuevos retos para sus habitantes. A lo largo de este número monográfico se pretende dar una visión general de algunas de las áreas de interés de la psicología positiva, así como un primer acercamiento al desarrollo de instrumentos válidos y fiables con los que trabajar.
  
EMOCIONES POSITIVAS
La mayoría de los investigadores que se han dedicado a estudiar las emociones se han centrado exclusivamente en las negativas y hasta cierto punto puede resultar lógico si consideramos que emociones como el miedo, la tristeza o la ira son señales de alarma que si se obvian sistemáticamente pueden generar problemas de una magnitud considerable. La tendencia natural a estudiar aquello que amenaza el bienestar del ser humano ha llevado a centrar el interés en aquellas emociones que ayudan a hacer frente a peligros o problemas inminentes. Además existen otras razones que explican el olvido al que han sido relegadas las emociones positivas en la ciencia. Las emociones positivas, por ejemplo, son más difíciles de estudiar, debido a que comparativamente son menos en cantidad que las negativas y a que son más difíciles de distinguir. Así, considerando las taxonomías científicas de las emociones básicas podemos identificar 3 ó 4 emociones negativas por cada emoción positiva. Ese balance negativo queda muy bien reflejado en el propio lenguaje cotidiano, de forma que cualquier persona tendrá siempre mayor dificultad para nombrar emociones positivas. También existen diferencias en cuanto a la expresión de unas y de otras. Así, las emociones negativas disponen de configuraciones faciales específicas y propias que hacen posible su reconocimiento universal (Ekman, 1989). Por el contrario, las emociones positivas no poseen expresiones faciales únicas y características. Incluso, a un nivel neurológico, las emociones negativas desencadenan diferentes respuestas en el sistema nervioso autonómico, mientras que las emociones positivas no provocan respuestas diferenciadas. Otra razón que explica el desequilibrio entre el interés científico por un tipo de emociones frente a otras podemos encontrarla en la propia forma de abordar su estudio. Así, cuando los investigadores se han aproximado al estudio de las emociones positivas, lo han hecho siempre desde el marco teórico propio de las emociones negativas. Desde esa perspectiva, las emociones están, por definición, asociadas a impulsos de acción. Las emociones negativas tienen un obvio valor adaptativo, representan soluciones eficientes a los problemas a los que se ha venido enfrentando el hombre desde sus orígenes. Sin embargo, el valor adaptativo de las emociones positivas es más complejo de explicar y durante años ha sido ignorado. Pero si realmente tuvieran poco valor, cabría preguntarse por qué han permanecido con nosotros a lo largo de miles de años de evolución.
¿Cuál es, por tanto, el valor adaptativo de las emociones positivas? Es posible responder a esta cuestión si abandonamos el marco teórico bajo el que entendemos las emociones negativas. Las emociones positivas resuelven problemas relacionados con el crecimiento personal y el desarrollo. Experimentar emociones positivas lleva a estados mentales y modos de comportamiento que de forma indirecta preparan al individuo para enfrentar con éxito dificultades y adversidades venideras (Fredrickson, 2001). Afortunadamente, en los últimos años, muchos expertos han comenzado a investigar y teorizar en este campo, abriendo una nueva forma de entender la psicología humana. Una de las teorías que de manera más sólida representan esta corriente es la desarrollada por Bárbara Fredrickson. Esta autora reivindica la importancia de las emociones positivas como medio para solventar muchos de los problemas que generan las emociones negativas y cómo a través de ellas el ser humano puede conseguir sobreponerse a los momentos difíciles y salir fortalecidos de ellos. Según este modelo, las emociones positivas pueden ser canalizadas hacia la prevención, el tratamiento y el afrontamiento de forma que se transformen en verdaderas armas para enfrentar problemas (Fredrickson, 2000).

OPTIMISMO
El optimismo es una característica psicológica disposicional que remite a expectativas positivas y objetivos de futuro y cuya relación con variables como la perseverancia, el logro, la salud física y el bienestar (Peterson y Bossio, 1991; Scheier y Carver, 1993) han hecho de esta materia uno de los puntos centrales de la psicología positiva. El interés moderno por el optimismo nace de la constatación del papel jugado por el pesimismo en la depresión (Beck, 1967). Desde entonces son muchos los estudios que muestran que el optimismo tiene valor predictivo sobre la salud y el bienestar, además de actuar como modulador sobre los eventos estresantes, paliando el sufrimiento y el malestar de aquellos que sufren, tienen estrés o enfermedades graves (Peterson, Seligman y Vaillant, 1988). El optimismo también puede actuar como potenciador del bienestar y la salud en aquellas personas que, sin presentar trastornos, quieren mejorar su calidad de vida (Seligman, 2002). Desde un punto de vista evolucionista es considerado además como una característica de la especie humana selecciona por la evolución por sus ventajas para la supervivencia (Taylor, 1989). El sentido común nos dice que es positivo mirar al futuro con optimismo y numerosos trabajos empíricos apoyan esta idea. Así por ejemplo, estudios con población general muestran una clara tendencia del las personas a sobreestimar el grado de control que tienen sobre las situaciones (Langer, 1975), mientras que las personas deprimidas estimarían de forma muy precisa su grado de control real (Alloy y Abramson, 1979). Esta ilusión de control, junto con otros mecanismos, contribuyen a explicar por qué unas personas no se deprimen y otras sí. ¿Qué distingue a una persona optimista de una pesimista? ¿Es bueno ver la vida un poco mejor de lo que en
realidad es? ¿Los pesimistas son realistas y los optimistas viven de ilusiones? Estas y otras preguntas son las que pretenden ser resueltas con el estudio científico de esta materia. Así, el optimismo promete ser uno de los tópicos más importantes en la investigación en psicología positiva.

HUMOR
El libro “Anatomía de una enfermedad”, publicado en 1979 por el fallecido editor de revistas Norman Cousins, fue el primero en exponer ante el público una correlación entre el humor y la salud. Cousins describe cómo se recuperó de una enfermedad de los tejidos conjuntivos que normalmente suele ser irreversible mediante un tratamiento que incluyó, entre otras terapias, películas cómicas de los hermanos Marx. El humor y su manifestación externa más común, la risa, son un importante pilar de la investigación en psicología positiva. Aunque la idea de que la risa y el humor fomentan la salud no es nueva, es en las últimas décadas cuando han comenzado a proliferar terapias e intervenciones clínicas basadas en esta materia. La investigación científica ha demostrado que la risa es capaz de reducir el estrés y la ansiedad y mejorar así la calidad de vida y la salud física del individuo. El humor “sirve como una válvula interna de seguridad que nos permite liberar tensiones, disipar las preocupaciones, relajarnos y olvidarnos de todo”, afirma el Dr. Lee Berk, profesor de patología en la Universidad de Loma Linda, en California y uno de los principales investigadores en el mundo sobre la salud y el buen humor. En una serie de estudios examinó las muestras de sangre de sujetos antes y después de que vieran vídeos cómicos, y las comparó con las de un grupo que no vio los vídeos. Berk descubrió importantes reducciones en las concentraciones de hormonas de la tensión y un incremento en la respuesta inmune de quienes vieron los vídeos.

RESILIENCIA Y CRECIMIENTO POSTRAUMÁTICO
Vivir un acontecimiento traumático es quizá una de las situaciones que más transforma la vida de una persona. Sin quitar un ápice de la gravedad y horror de estas experiencias, no podemos dejar de resaltar que es en situaciones extremas cuando el ser humano tiene la oportunidad de volver a construir su forma de entender el mundo y su sistema de valores, tiene la oportunidad de replantear su concepción del mundo y de modificar sus creencias, de manera que en esta reconstrucción puede darse, y de hecho se da en muchos casos, un aprendizaje y un crecimiento personal (Janoff-Bulman, 1992; Calhoun y Tedeschi, 1999). Sin embargo, la psicología tradicional ha tendido a asumir que todos los acontecimientos traumáticos dejan heridas psicológicas en las personas y ha tendido a obviar el estudio de fenómenos como la resiliencia y el crecimiento postraumático, basados en la capacidad del ser humano de resistir y rehacerse frente a los embates de la vida. Resiliencia y crecimiento postraumático surgen como conceptos de investigación en la psicología positiva, a través de los cuales se pretende determinar por qué algunas personas consiguen aprender de sus experiencias e incluso encontrar beneficios en ellas. La resiliencia se sitúa en una corriente de psicología positiva y dinámica de fomento de la salud mental y parece una realidad confirmada por el testimonio de muchísimas personas que, aún habiendo vivido una situación traumática, han conseguido encajarla y seguir desenvolviéndose y viviendo, incluso, en un nivel superior, como si el trauma vivido y asumido hubiera desarrollado en ellos recursos latentes e insospechados. Aunque durante mucho tiempo las respuestas de resiliencia han sido consideradas como inusuales e incluso patológicas por los expertos, la literatura científica actual demuestra de forma contundente que la resiliencia es una respuesta común y su aparición no indica patología, sino un ajuste saludable a la adversidad. Acontecimientos como los últimos atentados terroristas vividos en Nueva York y en Madrid pueden proporcionar una buena base científica sobre la que analizar estos fenómenos y aunque todavía es enormemente superior la cantidad de estudios dedicados al trastorno de estrés postraumático, se han realizado algunos centrados en emociones positivas, afrontamiento y resiliencia.

CREATIVIDAD
La creatividad es la capacidad de crear, de producir cosas nuevas. Es la capacidad que tiene el cerebro humano para llegar a conclusiones e ideas nuevas y resolver problemas de una forma original. En su materialización puede adoptar formas artísticas, literarias, científicas, etc., y también puede desplegarse en el campo de la vida diaria, mejorando la calidad de la misma. Esto último probablemente no deje una huella en la historia de la humanidad, pero en esencia es lo que hace que la vida merezca la pena (Csickszentmihalyi, 1996). La creatividad es, por tanto, considerada como un proceso clave para el desarrollo personal y para el progreso social y por ello se incluye de lleno dentro del campo de interés de la psicología positiva. Sin embargo, el potencial de este hecho se ve disminuido cuando se asume generalizadamente que la creatividad es una característica diferencial dicotómica que unos tienen y otros no. Las investigaciones sobre creatividad han contribuido a fomentar esta creencia porque durante años han estado centradas el enfoque de rasgos, es decir, en identificar las características de personalidad (estables y poco modificables) de las personas creativas. Como resultado, algunas otras áreas importantes han sido descuidadas, como por ejemplo el estudio de los contextos físicos y sociales en los que las personas creativas han desarrollado sus producciones o el estudio de las habilidades específicas que han aprendido. Además, se ha asumido que la creatividad no puede ser alterada y que las personas creativas pueden producir trabajos creativos a todas horas y en todos los campos.
A la luz de la investigación actual, ninguna de estas suposiciones parece ser totalmente cierta. Hoy entendemos que la creatividad no depende exclusivamente de rasgos estables de personalidad, sino que resulta de una constelación particular de características personales, habilidades cognitivas, conocimientos técnicos, circunstancias sociales y culturales, recursos materiales y también de suerte (Amabile, 1983; Csikszentmihalyi, 1996; Sternberg y Lubart, 1995). La creatividad puede ser desarrollada y fomentada en todos los campos de la vida y puede ser considerada también como otro de los recursos de las personas para afrontar circunstancias adversas. Cualquier persona, además, puede desarrollar su potencial creativo y mejorar la calidad de su vida diaria, y ello, aunque el resultado final no dé lugar a descubrimientos trascendentales para la humanidad o a realizaciones unánimemente valoradas.




                                                                                            

miércoles, 5 de octubre de 2011

¿Por qué nos gusta el riesgo?

¿Recuerdas alguna vez haber disfrutado de una experiencia marcada por el miedo? Puede que estuvieras viendo una película de terror. O, tal vez, que te lanzaras desde una avioneta en paracaídas, o haber ido a un parque de atracciones a subirte en la montaña rusa. Lo cierto es que todos, sin excepción, sentimos un cosquilleo de placer y excitación ante una situación de riesgo. Y aún hay más. Normalmente la huella que esta situación deja en nuestro cerebro tiende a empujarnos a querer repetir una vivencia similar. De igual modo, también respondemos ante la versión, más amarga del miedo, cuando somos víctimas de ese otro temor que nos congela por dentro, amplifica nuestros sentidos y anestesia cualquier vestigio de bienestar. ¿Qué misteriosas rutas neuronales consiguen dotar al miedo de esta dualidad?
Sentimiento y diversión; dolor y placer. Estas son las dos caras de una emoción que, analizada desde una perspectiva evolutiva, resulta mucho más sencilla de comprender. En términos darwinianos, la naturaleza premia al individuo que es más hábil para sobrevivir con el regalo de legar los  genes a las futuras generaciones. El miedo, desde este punto de vista, es el mecanismo de defensa por excelencia destinado a proteger la vida, una especie de guardaespaldas que nos aleja de las amenazas que nos rodean. El miedo a las alturas, por ejemplo, es muy beneficioso si queremos llegar a viejos; de hecho, lo experimentan los bebés sin necesidad de que nadie haya tenido que ponerlos en preaviso; es lo que la psicología llama un “miedo innato”. Este, al igual que el miedo a la oscuridad u otros, no se aprende sino que es heredado, ya que aquel predecesor que no lo experimentó sucumbió rápidamente y no pudo perpetuarse. Del mismo modo, sufrimos de forma innata otros temores más sofisticados y cuya naturaleza es más social. Sin ir más lejos, esa dosis de incomodidad que experimentamos antes de hablar en público deriva del miedo al ridículo, que es inherente al ser humano. También este es el caso del recelo que podemos sentir cuando se nos excluye de alguna reunión de amigos, sentimiento asociado a la  soledad y al rechazo. En realidad, todos estos temores contribuyen a fortalecer nuestros vínculos con las personas que nos rodean y a reforzar el sentimiento de grupo. Los motivos por los cuales estos miedos fueron seleccionados son obvios: Sin el respaldo de una comunidad, la supervivencia del individuo se ve fuertemente comprometida. “¡No aceptes camelos de extraños!” Esta frase tan de moda por las madres de antes- posiblemente las de ahora estén más en línea de: “¡No chatees con desconocidos!”- alimenta otro tipo de miedos que se acumulan a lo largo de la vida. Se trata de miedos aprendidos, y no solo proceden de las advertencias de otros, también se nutren de las experiencias vividas en primera persona. De hecho, el cerebro está especializado en recordar situaciones traumáticas.
El neurocientífico Joseph de Loux, principal descubridor del camino neuronal  que recorre el miedo en el cerebro, asegura que cualquier recuerdo teñido de esta emoción se vuelve intenso y casi imborrable. No importa que hayamos sufrido un atraco hace dos años, cada vez que pasemos por una calle parecida al lugar donde se produjo el desagradable infortunio, se nos erizará el vello y el corazón se acelerará porque nuestro cerebro recupera aquel recuerdo y el miedo asociado. Por el mismo motivo, si hemos vivido un desamor, ciertos recelos aflorarán ante la posibilidad de enamorarnos otra vez. El miedo vivido profundiza la muesca que deja un recuerdo en nuestro cerebro y, en cierta manera, nos acaba condicionando el futuro. Esta es la estrategia mediante la cual nuestro organismo esquiva el peligro.  
Pero, como hemos visto, en ocasiones también nos sorprendemos disfrutando de experiencias temerarias. De no ser así, no se explicaría el auge actual de los deportes de riesgo. Lo cierto es que estos comportamientos no se pueden achacar a desajustes ocasionales en el circuito del miedo sino a otra ruta neuronal conocida como el “centro de recompensa”. Esta región tiene como objetivo reforzar positivamente acciones que, evolutivamente, se han seleccionado como favorables, activándose, por ejemplo, cada vez que comemos o practicamos sexo. Para conseguir su cometido, el centro de recompensa libera un neurotransmisor, la dopamina, que inunda el organismo de un inmenso placer. En efecto, el éxito de este circuito reside en las bondades de esta sustancia, pues es el recuerdo de las sensaciones que provoca lo que  nos incita a repetir, es decir, lo que hace que nos apetezca ingerir comida o mantener relaciones sexuales de nuevo. Pero lo verdaderamente fascinante sobre el funcionamiento del centro de recompensa es su relación con el miedo. Hace tan solo unos meses, el equipo del neurocientifico Joe Z. Tzien, del instituto de Ciencias de la salud de la Universidad de Georgia (EE. UU.), implantó una serie de electrodos en el centro de recompensa del cerebro de varios ratones con el fin de medir su actividad neuronal durante un experimento. Tzien sometió a los ratones a dos tipos de ejercicios: O les ofrecía un terrón de azúcar o los empujaba desde una altura de 30 cm, distancia más que considerable para un animal de apenas 6cm. Los investigadores comprobaron que a los ratones se les activaba el circuito de la recompensa tanto si se les premiaba con un dulce como si se les lanzaba al vacío, y que, por tanto, sentían los efectos de la dopamina indistintamente. En concreto, el 30% de las neuronas del centro de recompensa se activaban y estimulaban la secreción de dopamina ante situaciones de miedo.

                          
¿Reaccionamos igual al comer chocolate que al caer desde lo alto de un edificio? No del todo. Pero lo que esta investigación constata por primera vez es que el miedo, además de prepararnos para huir o luchar ante una amenaza, también acciona el interruptor cerebral de la dopamina actuando en cierto grado como fuente de placer. Controvertido o no, este hecho explicaría algunas adicciones basadas en el riesgo, como sería el caso de la ludopatía o los deportes extremos, y esclarecería por qué mucha gente se siente fascinada por el miedo y contempla en un mismo plano tirarse en paracaídas y disfrutar de un suculento manjar.
Por otro lado, y desde una mirada evolutiva, con estos hallazgos el miedo también adquiere una nueva dimensión. Su vinculación con el placer lo convierte en protagonista la hora de progresar. Arriesgarse no es fácil; pero a veces es la única forma de prosperar. Y tener a la dopamina como aliada supone una gran ventaja. ¿Es esta la razón por la que nos volvemos a enamorar a pesar de los fracasos vividos? Los expertos así lo creen. También es evidente que este mecanismo premia la iniciativa, el “ser emprendedor”, conductas que han salpicado la historia de la humanidad  y que han salvado a nuestra especie de la extinción.

martes, 27 de septiembre de 2011

Entender a nuestros padres

Demián Bucay      
Jorge Bucay
Recuerdo que de niño, se había instalado entre mi padre y yo una especie de costumbre, casi diría de ritual. Cada vez que yo, en el transcurso de una lectura, hallaba una palabra que no conocía, acudía a él- a nadie más- y le preguntaba, por ejemplo – papá, ¿qué significa pagoda? O bien: - papá, ¿qué quiere decir abolir? O quizás: - Pa, ¿qué es algo dantesco?
Y mi padre me respondía: “Una pagoda es una construcción de estilo chino”, “Abolir quiere decir que una ley deja de tener afecto”, Dantesco viene de un poeta italiano, Dante Alighieri; es algo exagerado, grotesco…” Siempre tenía una respuesta y procuraba poner la explicación en términos que yo entendiera. No podría asegurarlo, pero mi sensación es que esas charlas se mantuvieron durante años. Hasta que un día sucedió algo que yo nunca había imaginado posible. Un día me acerqué a mi padre y le pregunté, digamos (ya no recuerdo la palabra exacta): - Papá, ¿qué es una falúa? Y mi padre me respondió: - No lo sé, hijo. Aun recuerdo la impresión que me causó esa respuesta. Al principio desconfié y pensé que seguramente era algún truco de mi padre.- ¿Cómo que no lo sabes?-Dije. – No lo sé, Demi- repitió él-.Podemos buscarla en el diccionario.
Pero no había truco. Existía una palabra que mi padre desconocía. Aquello era inaudito. Yo había creído hasta aquel momento que mi padre conocía todas las palabras.
No es que entonces dejase de preguntarle. Durante algún tiempo aún supo contestarme la mayoría de las veces, pero una ilusión se había roto. Las cosas siguieron avanzando e inexorablemente llegó un punto en el que, si una palabra era suficientemente rara como para que yo – que leía bastante- no la conociese, mi padre tampoco la conociera. Lo impensable había sucedido: Había “alcanzado” a mi padre. No es que yo pensara que lo había alcanzado en todos los sentidos, pero tampoco me pasaba desapercibido que, si había sucedido en ese pequeño aspecto, era posible que sucediese en otros. La sensación lejos de ser orgullo, fue más bien de vértigo y hasta de cierta angustia: Ya no podía contar con él para que solucionase mis problemas. No tenía todas las respuestas, no sabría siempre qué decirme, había un punto en el que yo estaba irremediablemente solo. Y si esto fuera poco, se sumaba un genuino dolor: Nuestro pequeño ritual, que  a mi tanto me gustaba, se había terminado. Ya no tenía sentido.
Seguramente entonces no fui consciente de cómo me afecto, pero ahora sé que solo pude enfadarme con mi padre. Enfadarme con su falibilidad, porque no era ese ser todopoderoso que yo creía que era y también porque, de algún modo, le acusaba de habérmelo hecho creer:” Tú me dijiste que sabias todas las palabras. ¿Cómo te atreves a decirme ahora que no sabes? Tienes que saber. Tú me lo prometiste”. Pero él no  lo había dicho, él no me había prometido nada y, sin embargo, ¿Cómo podía yo creer otra cosa? ¿No había respondido  a todas mis preguntas hasta aquel momento? Entonces, ¿qué podía haber hecho mi padre para evitar engrandecerse en mi mirada? ¿Hacer ver que no sabía lo que sí sabía realmente? Eso habría equivalido a desampararme. No hubiese sido mejor. Creo más bien que, si los padres son medianamente presentes y nutritivos, un niño no puede dejar de verlos como seres infalibles.

De niños necesitamos tanto a los padres, somos tan dependientes de ellos, que es imposible, si cumplen con su función, no idealizarlos. Una recopilación de historias verídicas escritas por ciudadanos norteamericanos a partir de la propuesta de Paul Auster da cuenta de esto: El libro: El libro se titula Cría que mi padre era Dios (Anagrama). Así como es inevitable esta idealización, también lo es que en algún momento el encantamiento se rompa, que veamos a los padres como son verdaderamente y nos decepcionemos. Esta decepción, aunque dolorosa, también es sana porque nos permite comenzar a darnos cuenta de que ellos, además de nuestros padres, son otras muchas cosas. Y son, sobre todo, personas y, como tales falibles y limitadas. He dicho que es inevitable decepcionarse de los padres. Me corrijo: Solo es inevitable si queremos vivir sanamente. A veces, el dolor, la perdida de la seguridad o un sentimiento de lealtad hacia nuestros padres generado por todo lo que nos han dado puede impedirnos abandonar la imagen de ellos como personas intachables. Cuando esto sucede, el resultado suele ser bastante perjudicial para el bienestar emocional: Si yo creo que mis padres lo sabían y podían todo, cada vez que me encuentre con una carencia en mi educación, un habito que no me sirve o un mandato nocivo, concluiré que mis padres pudieron haber hecho otra cosa y no la hicieron. Me diré:” No quisieron hacerlo mejor” o “No quisieron lo mejor para mí”. Y esto en ocasiones conduce a pensar: “Entonces es que no me querían lo suficiente”. Y esta conclusión, a su vez, es muy diferente a pensar:” Lo hicieron lo mejor que pudieron” o “Quisieron, lo intentaron pero con alguna cosas no pudieron”.
La pena que puede generarnos concebir a nuestros padres de este modo nos protege de un mal mucho mayor, que es el resentimiento hacia ellos. Se dice que no sirve de nada culpar a los padres; es cierto, pero esto no significa  que ignoremos sus limitaciones. Como hijos, nuestra tarea será identificarlas para poder decidir qué queremos hacer con ello. Para quienes se hayan convertido en padres, el desafío será sostener que sus hijos se decepcionen de ustedes. Deberán recordar que esto es lo mejor, pues hablará  de que hemos hecho un buen trabajo, de que, como dijo Oscar Wilde:  Los niños comienzan por amar a los padres; después los juzgan, y algunas veces hasta los perdonan”.
Bucay, D. 2011.Mente Sana; Entender a nuestros padres. 74 ed. Barcelona  




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